EL SENTIDO DE LA ESCRITURA
Escribir siempre es partir hacia algo.
No sabemos adónde vamos, pero intuimos que nuestro esfuerzo producirá
frutos. La escritura no precisa justificaciones. No es necesario poseer
dotes literarias para iniciar una aventura que sólo exige situarse
delante de una página en blanco y esperar. No hay que desesperarse
porque al principio no surja nada. Esperar y no impacientarse siempre es
el preámbulo del acto de escribir, algo tan íntimo y misterioso como
una plegaria o una experiencia estética. En una sociedad que vive el
tiempo como una sucesión vertiginosa de obligaciones, intentando no
desperdiciar ni un minuto, no es sencillo olvidar el ruido y la furia
del exterior. Nuestra rutina no contempla algo tan sencillo como mirar
hacia dentro y oír nuestra voz. Sólo escuchando nuestra voz podremos
abrirnos a nuestros semejantes, estableciendo un diálogo verdaderamente
humano, sin intereses espurios. Cada ser humano es una voz más o menos
acallada, que anhela ser escuchada. Paradójicamente, la escucha comienza
con el silencio, el retiro, el ensimismamiento. Nuestra verdadera voz
no es un parloteo artificial, convencional e inauténtico, sino un hilo
de conciencia que fluye confusamente, sin saber hacia dónde se dirige,
pero anhelando una desconocida plenitud. En muchas ocasiones, hemos
olvidado incluso su existencia y nos dejamos llevar por el mundo
circundante. Las voces de otros marcan nuestro rumbo, provocándonos un
difuso malestar. Es el pesar del que no se siente protagonista de su
existencia porque realmente nunca se ha preguntado con claridad y
valentía qué deseaba hacer. Es más fácil cumplir las expectativas ajenas
que elaborar un proyecto de vida. Nuestra voz no es algo abstracto y
remoto, sino ese yo que surge del autoconocimiento, una experiencia
ineludible, morosa, compleja, si aspiramos a una existencia plena de
sentido.
Según la leyenda, Sócrates acudió al templo de Apolo en Delfos para aliviar su perplejidad, pues no se consideraba un filósofo, como Heráclito o Tales de Mileto, sino un hombre que buscaba la verdad. Apolo habló mediante la pitonisa encargada del culto, pronunciando una frase enigmática: “Conócete a ti mismo”. Sócrates era un maestro oral, no un escritor, pero de sus enseñanzas emanaron los diálogos de Platón, su discípulo y continuador. En esos textos, que han llegado intactos hasta nosotros, Platón menciona a menudo al demonio o daimon de Sócrates, una voz interior que le iluminaba, guiaba e inspiraba. Ese daimon no es una figura retórica, sino la clarividencia que brota de la experiencia de conocer nuestro yo, buscando implacablemente su voz o, si se prefiere, su logos, que es palabra meditada, razonada. Esa búsqueda es el punto de partida de la escritura y no exige cualidades formales, sino un sincero deseo de averiguar quiénes somos, qué podemos saber, qué debemos hacer y qué nos cabe esperar. Yo empecé a escribir en un momento crítico de mi vida. No lograba superar una depresión que me había arrebatado hasta la última brizna de esperanza, pero algo me hizo sentarme frente al papel y escribir, sin mucha convicción y con escasas expectativas. Al principio, no conseguí nada: apuntes, frases sueltas, páginas farragosas, dolorosos silencios. Sentía que era un barco encallado, con la proa hundida en la arena y el mástil roto, apuntando hacia una desolación infinita.
No sospechaba que mi aparente fracaso formaba parte del viaje iniciado. El silencio precede a las palabras, como la oscuridad al día. No hay atajos. Las palabras no son un don gratuito, sino el fruto de un proceso de gestación. Exigen paciencia, ternura, el amor de una madre que aguarda una nueva vida, aceptando que la alegría no crece en campos feraces, sino en ásperas llanuras. Las palabras no se descubren ni se inventan. Se alumbran, que es una forma de decir que son reveladas. Nos duelen, pero a cambio nos regalan el indescriptible goce de ser corresponsables de una obra que se despliega en el tiempo y en el espacio, pero que no conoce límites, pues su culminación desborda nuestra capacidad de imaginar y representar. En esa tarea nos aguarda el reencuentro con nuestro yo, fecundado por meses de fe, fatiga y perseverancia. Escribir significa liberar nuestros pensamientos, pulirlos, desbastarlos, con la paciencia de un artesano que talla la madera. No tener una idea clara de lo que somos ni de lo que deseamos ser, nos impide progresar. Muchas veces nos dejamos llevar por una corriente que ignora nuestra voluntad, simplemente porque las circunstancias nos han situado en su cauce. Somos como una rama con nostalgia de un árbol que en otro tiempo nos dio cobijo, y que ahora sólo es un recuerdo impreciso. Presuponemos que tuvimos un hogar, pero hemos olvidado el techo que nos protegía de la lluvia, las ventanas que nos permitían contemplar el paso de las estaciones, la puerta que se abría a amigos y desconocidos, creando un sentimiento de comunidad, de pertenencia, de trascendencia. Escribir es una señal de fraternidad. Buscamos nuestro yo para abrirnos a los otros, no por narcisismo ni afán de poder. El narcisismo soporta un yo hiperbólico. Sólo le interesa el mundo exterior como reflejo, no como búsqueda o encuentro. Su desenlace siempre es la soledad y la insatisfacción. El narcisismo suele aplacarse con el éxito, ignorando que la vanidad es la más pasión más ruin.
Las primeras experiencias con la escritura son tan desalentadoras como la primera salida de don Quijote, que vagó por los campos de la Mancha “sin acontecerle cosa que de contar fuese”. Vencer al desaliento que nos produce la página en blanco, semejante a un desierto o una estepa inacabable, constituye el primer paso de un aprendizaje liberador. Si necesitamos una guía, podemos acudir al Logos encarnado, a la Palabra que sostiene el Ser y que apacigua las tempestades que sacuden nuestra conciencia. Yo he logrado calmar mi sed con unos versículos del Evangelio de San Mateo: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. La finalidad de la escritura no es una corona de laurel. Como escribió Giovanni Papini: “El dinero es el estiércol del demonio”. Hay muchas razones para escribir. Una de ellas es la serenidad que nos produce hablar con nosotros mismos, sentir que el mundo nos acoge, escuchar nuestra voz más íntima y real, experimentar la cercanía de los otros, de lo Otro, descubrir nuestras posibilidades, conocer nuestras limitaciones y no experimentarlas como una humillación, sino como el inevitable perímetro de cualquier existencia individual. Escribir nos enseña a amar, a contemplar, a meditar, a ser pacientes, tenaces, ambiciosos y humildes, a comprender la complementariedad del existir y el morir. Para mí, escribir ha significado aprender a amar mi vida, sin deplorar las experiencias más trágicas, pues ese dolor es una parte de mí mismo y no podría renunciar a él, sin dejar de ser el que soy. Escribir, en último término, significa buscar la verdad y, según Edith Stein, mártir de la fe católica y del pueblo judío, “el que busca la verdad, sea consciente o no, busca a Dios”.
RAFAEL NARBONA
Según la leyenda, Sócrates acudió al templo de Apolo en Delfos para aliviar su perplejidad, pues no se consideraba un filósofo, como Heráclito o Tales de Mileto, sino un hombre que buscaba la verdad. Apolo habló mediante la pitonisa encargada del culto, pronunciando una frase enigmática: “Conócete a ti mismo”. Sócrates era un maestro oral, no un escritor, pero de sus enseñanzas emanaron los diálogos de Platón, su discípulo y continuador. En esos textos, que han llegado intactos hasta nosotros, Platón menciona a menudo al demonio o daimon de Sócrates, una voz interior que le iluminaba, guiaba e inspiraba. Ese daimon no es una figura retórica, sino la clarividencia que brota de la experiencia de conocer nuestro yo, buscando implacablemente su voz o, si se prefiere, su logos, que es palabra meditada, razonada. Esa búsqueda es el punto de partida de la escritura y no exige cualidades formales, sino un sincero deseo de averiguar quiénes somos, qué podemos saber, qué debemos hacer y qué nos cabe esperar. Yo empecé a escribir en un momento crítico de mi vida. No lograba superar una depresión que me había arrebatado hasta la última brizna de esperanza, pero algo me hizo sentarme frente al papel y escribir, sin mucha convicción y con escasas expectativas. Al principio, no conseguí nada: apuntes, frases sueltas, páginas farragosas, dolorosos silencios. Sentía que era un barco encallado, con la proa hundida en la arena y el mástil roto, apuntando hacia una desolación infinita.
No sospechaba que mi aparente fracaso formaba parte del viaje iniciado. El silencio precede a las palabras, como la oscuridad al día. No hay atajos. Las palabras no son un don gratuito, sino el fruto de un proceso de gestación. Exigen paciencia, ternura, el amor de una madre que aguarda una nueva vida, aceptando que la alegría no crece en campos feraces, sino en ásperas llanuras. Las palabras no se descubren ni se inventan. Se alumbran, que es una forma de decir que son reveladas. Nos duelen, pero a cambio nos regalan el indescriptible goce de ser corresponsables de una obra que se despliega en el tiempo y en el espacio, pero que no conoce límites, pues su culminación desborda nuestra capacidad de imaginar y representar. En esa tarea nos aguarda el reencuentro con nuestro yo, fecundado por meses de fe, fatiga y perseverancia. Escribir significa liberar nuestros pensamientos, pulirlos, desbastarlos, con la paciencia de un artesano que talla la madera. No tener una idea clara de lo que somos ni de lo que deseamos ser, nos impide progresar. Muchas veces nos dejamos llevar por una corriente que ignora nuestra voluntad, simplemente porque las circunstancias nos han situado en su cauce. Somos como una rama con nostalgia de un árbol que en otro tiempo nos dio cobijo, y que ahora sólo es un recuerdo impreciso. Presuponemos que tuvimos un hogar, pero hemos olvidado el techo que nos protegía de la lluvia, las ventanas que nos permitían contemplar el paso de las estaciones, la puerta que se abría a amigos y desconocidos, creando un sentimiento de comunidad, de pertenencia, de trascendencia. Escribir es una señal de fraternidad. Buscamos nuestro yo para abrirnos a los otros, no por narcisismo ni afán de poder. El narcisismo soporta un yo hiperbólico. Sólo le interesa el mundo exterior como reflejo, no como búsqueda o encuentro. Su desenlace siempre es la soledad y la insatisfacción. El narcisismo suele aplacarse con el éxito, ignorando que la vanidad es la más pasión más ruin.
Las primeras experiencias con la escritura son tan desalentadoras como la primera salida de don Quijote, que vagó por los campos de la Mancha “sin acontecerle cosa que de contar fuese”. Vencer al desaliento que nos produce la página en blanco, semejante a un desierto o una estepa inacabable, constituye el primer paso de un aprendizaje liberador. Si necesitamos una guía, podemos acudir al Logos encarnado, a la Palabra que sostiene el Ser y que apacigua las tempestades que sacuden nuestra conciencia. Yo he logrado calmar mi sed con unos versículos del Evangelio de San Mateo: “Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá”. La finalidad de la escritura no es una corona de laurel. Como escribió Giovanni Papini: “El dinero es el estiércol del demonio”. Hay muchas razones para escribir. Una de ellas es la serenidad que nos produce hablar con nosotros mismos, sentir que el mundo nos acoge, escuchar nuestra voz más íntima y real, experimentar la cercanía de los otros, de lo Otro, descubrir nuestras posibilidades, conocer nuestras limitaciones y no experimentarlas como una humillación, sino como el inevitable perímetro de cualquier existencia individual. Escribir nos enseña a amar, a contemplar, a meditar, a ser pacientes, tenaces, ambiciosos y humildes, a comprender la complementariedad del existir y el morir. Para mí, escribir ha significado aprender a amar mi vida, sin deplorar las experiencias más trágicas, pues ese dolor es una parte de mí mismo y no podría renunciar a él, sin dejar de ser el que soy. Escribir, en último término, significa buscar la verdad y, según Edith Stein, mártir de la fe católica y del pueblo judío, “el que busca la verdad, sea consciente o no, busca a Dios”.