Un discípulo va a quejarse a su maestro de lo mucho que gasta su mujer:
–– ¿Puedes ayudarme? Mi mujer gasta y me estoy arruinando.
El sabio fue a visitar a la esposa de su discípulo. Alargo el puño cerrado delante del rostro de la mujer y le dijo:
–– Imagínate que mi mano se queda en esta posición día y noche hasta el fin de mi vida, ¿que dirías?
–– Diría que es deforme ––respondió la mujer.
Satisfecho por la respuesta, el sabio abrió del todo la mano y preguntó:
–– ¿Y qué dirías si estuviera día y noche así?
–– Pues también diría que es deforme.
–– Si has comprendido esto ––concluyó el sabio––, has comprendido cómo ser una buena esposa.
Digamos que una mano cerrada es una mano que retiene y una abierta es una mano que da. Dar constantemente es una actitud tan monstruosa como la avarica constante. ¿Cuándo está viva una mano? Cuando se mueve entre estas dos posiciones: dar o no dar, según las circunstancias.
A mi modo de ver, un ser humano no debe tener actitudes inamovibles. Un comportamiento inamovible es comparable a una mano deforme. Denota un problema: una monstruosa deformación del ser. Observarse y examinar si uno tiene siempre el mismo comportamiento, si es exactamente igual todo el tiempo....
Todos conocemos personas así, indulgentes consigo mismas. Para ellas, el hombre no puede cambiar, no es perfectible. Si se encuentran ante una de sus particularidades, se encogen de hombros y se disculpan: "¡No puedo evitarlo, soy así!" Y no hacen ningún esfuerzo por mejorar.
Si no tiene más que un brazo, el derecho, y en consecuencia una sola mano, y ésta está cerrada (como en la historia), les es imposible meterse un dedo en la nariz. ¿Qué hacer, entonces? Más que abrir su mano (¡qué esfuerzo!) para limpiarse la nariz, soportan la molestia. Se aceptan tal como son.
Alejandro Jodorowsky -- El dedo y la luna
¿Somos durante toda nuestra vida los mismos seres? Durante la niñez y la adolescencia parece que forjamos una personalidad, un modo de ser, ¿se detiene ese cambio en algún momento de nuestra vida? Hoy con más de cincuenta años me comporto igual que a los veinte? ¿Tengo los mismos pensamientos? ¿MI mirada hacia el mundo es la misma? ¿Tengo incluso los mismos principios?
¿o valores?
Me viene a la mente un ejemplo. Recuerdo a mis veintipocos años y padre, años ochenta, discusión entre amigos de temas de actualidad, de política, en aquella época los atentados de ETA eran habituales, ETA mataba. Había quién planteaba restituir la pena de muerte. Para mi era una cuestión muy clara, no soy quién para disponer de la vida de otro ser humano, mi mirada era como de respeto hacía la otra persona, al fin y al cabo, una persona igual que yo.
La cuestión que surgia de inmediato era, ––¿ y si a quién asesinan es a tu hijo?
Ahí me olvidaba de que el otro era persona, creo que me centraba en lo que yo pensaba iba a ser mi única mirada, el dolor por el daño causado a un ser inocente y al que más quiero, y, quién sabe, si también la mirada a la pérdida. Mi respuesta era clara, castigaría sin duda alguna con la muerte a aquél que hubiera hecho daño a mi hijo.
No es mi actual mirada hacía la misma cuestión, mi hijo, el otro, yo mismo, somos uno, dañar a uno de ellos es dañar a la totalidad, no puedo ejercer ninguna acción que dañe a otro, igual que no puedo cortarme el brazo, mi brazo soy yo mismo, es una parte de mi y soy yo mismo.
Carácter, me decían que tenia mal carácter, que con frecuencia levantaba la voz y me enfadaba, sobretodo con los míos, con la familia. Actualmente, en caso de percibir que me enfado, prefiero callar y hablar cuando pase las horas o los días, sin acritud, intentando expresarme desde la cordialidad, desde el amor hacía el otro, haya ocurrido lo que haya ocurrido, no siempre lo consigo, pero sí en la mayoría de los casos, y en muchos, también, lo que en el momento podría ser un enfado, al dejar pasar tiempo, se convierte en nada, en ocasiones hasta me olvido por completo, tanto del hecho como de la sensación de enfado del momento aquel.
Cambiamos, somos otro, tenemos otras ideas, sabemos más, evolucionamos. Las preguntas de mis dieciséis años son muy distintas de las actuales, esta claro que en parte por las expectativas de entonces y las de ahora, entonces pensaba en la posibilidad de tener o no hijos, ahora eso ya no cabe planteármelo. Pero aún así eran otros planteamientos, en ocasiones pienso que incluso muy serios entonces, como muy encorsetados, me veo ahora más libre, con mayor consciencia del mundo y de mi persona y, por tanto, con mayor capacidad de pensamiento, de decisión, de elección.
No dejo de recordar la frase de Mahatma Gandhi: "Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo"
Si no nos atrevemos a cambiar, si no somos capaces de ver que podemos cambiar, cómo vamos a cambiar este mundo?
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