
https://elpais.com/opinion/2020-05-15/los-desafios-del-coronavirus.html
Dª Adela Cortina, eminente Catedrática de Ética de la UV nos habla de "Los desafíos del coronavirus" en un articulo en el prensa, en donde nos habla del "miedo", el miedo para hacer frente al desafío sanitario, sí, acompañado de los profesionales de la salud, pero sobretodo con el miedo, y enumera los miedos: a la enfermedad, al contagio, a la muerte, y a las multas por incumplir las reglas. Y recurre a un dicho rural, "siempre el miedo guardó de algún modo la viña". Y se refiere que es conveniente el miedo sobretodo en las sociedades de masas, compuestas por un conjutno de individuos atomizados, a los que les unen intereses puntuales, en este caso el interés por sobrevivir.
Sugen muchas preguntas:
¿Cuánto de miedo he de tener para no acercarme a la viña?
¿Qué grado de hambre he de tener para perder el miedo a las posibles consecuencias de acercarme a la viña y comer de su fruto?
¿Qué esfuerzo de guarda hay que hacer para que el miedo a romper la ley pueda ser convenientemente penalizado en el caso de que yo tenga más hambre que miedo?
Me pregunto, ¿tomaria lo que no es mío? Y ¿los demás seres tomarian lo que no es suyo?
¿Será distinta la respuesta para ambas preguntas? ¿Por qué es distinta? ¿Por qué es la misma respuesta?
También me pregunto ¿de quién es la viña? y ¿por qué? ¿quién puede disponer de su fruto? ¿por qué?
Los desafíos del coronavirus
El País 16/05/2020
La pandemia del coronavirus ha lanzado un reto mundial y
local que afecta en principio a la salud de las personas concretas y
está llevándose consigo una gran cantidad de vidas. Cómo no recordar en
estos días a Max von Sydow, el actor sueco recientemente fallecido, que
representó en El séptimo sello la figura del caballero que juega
al ajedrez con la muerte una partida, perdida de antemano, en ese
tétrico marco medieval de procesiones de flagelantes aterrados ante la
peste. O la magistral descripción de la peste de 1630 en Milán que
ofrece Manzoni en Los novios. O el brillante relato de García Márquez en El amor en los tiempos del cólera.
Terribles epidemias que se extinguieron con gran sufrimiento, como
también pasará la de este virus que surgió en China, se cebó después en
Europa, ha pasado el Atlántico y llegado a África.
A
diferencia de otras epidemias, en la actual las sociedades avanzadas
cuentan con más y mejores recursos sanitarios, con personal bien formado
y entregado a su profesión hasta el sacrificio. Merecen todo nuestro
más profundo agradecimiento. Y aunque han surgido oportunistas sin
escrúpulos, que roban mascarillas o suben abusivamente los precios,
abundan las conductas solidarias de quienes se prestan a acompañar
ancianos, hacer la compra a personas mayores, cuidar niños cuyos padres
están trabajando, donar sangre, trasladar personal sanitario gratis en
taxis, se amplían las plazas para acoger a gentes sin hogar. Un problema
que, por cierto, tiene que resolverse con programas como el housing first,
que han propuesto entre nosotros fundaciones como RAIS. Pero en otros
países la asistencia sanitaria pública no existe y en un continente como
África arrasó la malaria por no contar con algo tan simple como
mosquiteras y se cebaron el sida o el ébola. La solidaridad universal es
indispensable en un mundo interdependiente.
Por lo que
respecta a España, hacer frente al desafío sanitario será posible por
los desvelos de los profesionales de la salud y porque el miedo al
contagio, a la enfermedad, a la muerte y a las multas por incumplir
órdenes es un buen consejero. Siempre el miedo guardó de algún modo la
viña, sobre todo en las sociedades de masas, compuestas por un conjunto
de individuos atomizados, a los que unen intereses puntuales, en este
caso el interés por sobrevivir. Por eso estos días se repite el eslogan:
“Navegamos todos en el mismo barco, debemos estar unidos”. Y
ciertamente, es así. Pero el fugaz vínculo del interés temporal es
demasiado débil para hacer frente con altura humana al desafío social y
económico, que ya se está incubando, y exigirá para enfrentarlo mucho
más capital ético que la convicción de que no nos conviene egoístamente
que se hunda el barco. La agregación de individuos atomizados no basta,
hace falta un “nosotros”.
Por muchas medidas paliativas
que se tomen, ya están cerrando empresas, se pierde gran cantidad de
puestos de trabajo en un país con un alto nivel de desempleo, el
descenso de la Bolsa acaba afectando a todos, también a los más
vulnerables. Habrá un antes y un después de la crisis, y para ese
“después” necesitaremos mucho más que una ciudadanía temerosa, mucho más
que unos políticos preocupados sólo por sus juegos de poder y por los
votos, unos medios de comunicación al servicio del bien común. Hacer
frente al reto social y económico exige acrecentar el peso de lo
intangible en la vida social.
En algunos de sus textos
recuerda Philip Pettit que los mecanismos de control de una sociedad
moderna son fundamentalmente tres. Dos de ellos son bien conocidos: la
mano invisible de la economía de mercado y la mano visible del Estado.
Desgraciadamente, está muy extendida la convicción de que con esas dos
manos basta para llevar a buen puerto una sociedad, cuando lo cierto es
que resulta también indispensable la mano intangible de los valores, las
normas y las virtudes cívicas, que es valiosa por sí misma y para
lograr que la democracia funcione. Es el aceite que engrasa las ruedas
de las maquinarias visible e invisible desde el peso de lo intangible.
Lo que la tradición clásica ha llamado el êthos, el carácter de una sociedad, desde el que hace frente a las situaciones.
No
es extraño que Levitsky y Ziblatt, politólogos de la Universidad de
Harvard, preocupados por el declive de la democracia, y muy
especialmente por el golpe que han supuesto el triunfo de Trump y su
Gobierno, se pregunten cómo mueren las democracias y apunten, como una
de las causas, a la erosión de creencias y prácticas asumidas por el
conjunto de la población. Las democracias necesitan normas legales, como
las Constituciones, pero funcionan mejor y son más duraderas en los
países en los que se refuerzan con códigos de conducta que la comunidad
respeta y asume. Igual que el oxígeno y el agua clara, su importancia se
revela en cuanto faltan. Es lo que ocurre con valores como la
tolerancia y con la convicción de que no se deben llevar a cabo acciones
que, aunque sean legales, ponen en peligro el sistema. Y añaden: el
genio de la primera generación de líderes políticos de América consistió
en que, además de diseñar muy buenas instituciones, establecieron un
conjunto de creencias y prácticas compartidas que ayudaron a hacer que
esas instituciones funcionaran.
En estos días de
preocupación más que justificada por una pandemia letal se oyen a menudo
dos preguntas: ¿saldremos de ésta? y ¿qué habremos aprendido para el
futuro? Y sí, saldremos de ésta, aunque muchos quedarán —o quedaremos—
por el camino, porque todas las epidemias se han superado mal que bien.
Pero lo que sucederá en el futuro dependerá en muy buena medida de cómo
ejerzamos nuestra libertad, si desde un “nosotros” incluyente, o desde
una fragmentación de individuos en la que los ideólogos juegan para
hacerse con el poder. Es en este punto donde demostraremos que hemos
aprendido algo.
Por eso es letal atizar la polarización y
el conflicto para ganar votos, instrumentalizar incluso la dolorosa
pandemia para destruir adversarios, dar informaciones sesgadas que
falsean la realidad. Es momento, como siempre, pero todavía más, de
apostar por la verdad que une y librarse de la ideología que separa,
entendido el término en su sentido más clásico, como esa visión
deformante de la realidad con la que juegan los poderosos.
A
pesar de las declaraciones de algunos gurús de que no somos libres, lo
cierto es que sí que lo somos y nos vemos obligados a elegir. Estamos
condicionados, claro está, la enfermedad, la tristeza y la muerte nos
acompañan sin buscarlas; la actual pandemia nos ha hecho conscientes una
vez más de nuestra fragilidad, y vendrán nuevas epidemias para las que
no tendremos una respuesta inmediata. Pero lo que sí podemos anticipar
es que estaremos mucho mejor preparados para enfrentarlas si lo hacemos
desde la amistad cívica, que es preciso cultivar día a día. Desde la
convicción de que estamos unidos por un vínculo que nos convierte en un
“nosotros” incluyente, no en uno excluyente frente a “vosotros y ellos”.
Desde la indispensable solidaridad, que no se improvisa y de la que
algunos están dando tan buenas muestras en esta dolorosa situación.
Adela Cortina
es catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad
de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
y Directora de la Fundación Étnor.
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