Russell (1872-1970)
“El hombre que no tiene ningún barniz de Filosofía, va
por la vida prisionero de los prejuicios que derivan de la "opinión de la
mayoría", de las creencias
habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han
desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el consentimiento deliberado
de su razón. Para este hombre el mundo tiende a hacerse preciso, definido,
obvio; los objetos habituales no le suscitan problema alguno, y las
posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas.
Desde el momento en que empezamos a filosofar, hallamos,
por el contrario (...), que aún los objetos más ordinarios conducen a problemas
a los cuales
sólo podemos dar respuestas muy incompletas. La
Filosofía, aunque en ocasiones es incapaz de decirnos con certeza cuál es la
verdadera respuesta
a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas
posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de
la costumbre. Así,
al disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que
las cosas son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser;
rechaza
el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido
jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la
admiración,
presentando los objetos familiares en un aspecto no
familiar.
Aparte de esta utilidad, la Filosofía tiene un valor -tal
vez su máximo valor-por la grandeza de los objetos que contempla, y la
liberación de los intereses mezquinos y personales que resulta de aquella
contemplación. La vida del hombre instintivo se halla encerrada en el circuito
de sus intereses privados.
Esta vida tiene algo de febril y limitada. En comparación
con ella, la vida del filósofo es serena y libre. (...)
Para resumir nuestro análisis sobre el valor de la
filosofía: la filosofía debe ser estudiada, no por las respuestas concretas a
los problemas que plantea,
puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa
puede ser conocida ......”
Tomado de: Los problemas de la filosofía, B. Russell, Cap
15, 1912
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