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viernes, 11 de agosto de 2017

Yo no las veo








Yo no las veo, era el grito desesperado de aquel joven que cada tarde desde que escucho a sus mayores decir que aquello que queremos lo podemos conseguir con solo desearlo, cada tarde se acercaba a la playa, con su bici, pasaba la tarde hasta el anochecer junto al mar, había tomado el baño cuando era final de verano, en invierno se tuvo que resguardar, pero no había dejado de ir ninguna tarde, durante la semana y el sábado y domingo.
Sus estudios iban muy desordenados, con muchos altibajos, no es que en ocasiones estudiara y en otras no, no, lo que ocurría es que había asignaturas en que su nota era muy alta, su dedicación casi continua y otras asignaturas a las que casi ni iba a clase menos aun las preparaba. Su comentario habitual es que el profesor no tenia ni idea, que no tenia sentido el programa o la misma asignatura y que le requería un esfuerzo que consideraba innecesario. Así pues, sus estudios universitarios ya iban siendo largos.

La bicicleta tenia ya algunos años pero era buena, con un buen cambio y suspensiones, él sabía que su padre la había utilizado a lo largo de los últimos quince años, pero también sabia que el uso había sido poco frecuente, irregular y normalmente por espacios que no requerían un excesivo esfuerzo, su padre ya era mayor y la bicicleta la tuvo como elemento de paseo y de un poco  de ejercicio ,casi su único ejercicio. También tenia una estática en casa, decía que así podía entrenar los días que tuviera poco tiempo o en invierno en que el día es corto. Siempre había trabajado mucho, él decía que le gustaba su trabajo y que su responsabilidad era cumplir unos objetivos con los recursos que le daba la empresa, los objetivos también los marcaba la empresa. Realmente creo que le gustaba su trabajo, cuando era pequeño lo recuerdo llegando siempre tarde a casa y los domingos por la tarde se encerraba en su despacho en casa para preparar la semana, recuerdo que se hacia la hora de cenar y mi madre le llamaba para que dejara ya las tareas y viniese a la mesa. Los otros días como llegaba tarde del trabajo era él el que preparaba la cena para nosotros, a veces bocadillos, otras un poco de verdura, mi madre cocinaba poco, solo de cuando en cuando los fines de semana en el chalet sobretodo. Ella también trabajaba.

Ha visto de casualidad la convocatoria de un concurso de relato breve, las bases son muy claras y hay tiempo para presentar el trabajo, no ha de ser muy extenso y ha de contener una de las palabras que menciona la convocatoria, hay varias y son en honor de unos autores muy conocidos y con prestigio mundial.
Le ha gustado la propuesta, el premio no es gran cosa, pero eso le da animo a presentarse, piensa que los grandes no se molestaran. Pero que acaso él no es grande. Acaso no es escritor, lleva más de treinta años escribiendo, si, cierto no ha publicado nada, pero ha escrito mucho, ha hecho casi oficio de escribir sin que le sirva para comer. O tal vez si que le ha servido para comer, al fin y al cabo ha redactado muchos informes, ha escrito cartas a mujeres de las que se sentía enamorado, ha redactado la presentación de algunos oradores o escritores, también ha chateado con el animo de conquistar a una mujer y ha escrito correos a mujeres, o tal vez hombres, desconocidos. En alguna ocasión, cuando la correspondencia resultaba muy sugerente, divertida y fluida ha llegado a conocer a la otra persona, mujer siempre y se ha roto el encanto que existía mediante el mail y el anonimato.
En ocasiones ha pensado que si hubiera dedicado todo el esfuerzo que ha dedicado a su trabajo seguro que podría haber sido un escritor de buenas obras literarias o ensayo, claro que para eso tenia que haber creído en el mismo, o incluso ahora creer en que puede hacerlo. Siempre parece que el tiempo para hacer las cosas ya ha pasado, así era cuando se planteaba el estudiar una carrera o no, cuando ya era padre de dos hijos y su trabajo le exigía mucha dedicación, los estudios podían servir para crecer profesionalmente, parecía que cinco años era una eternidad para hacer ese esfuerzo, luego cuando ya habían pasado parecían mucho menos. Incluso cuando ya habían pasado diez años, parecía poco tiempo. El tiempo es relativo, en una ocasión escribió sobre ello, no es lo mismo cinco minutos de quien espera que cinco minutos de quien llega tarde y no dejan de ser trescientos segundos, una amiga había escrito también al respecto al tener un accidente de coche y pasar unos días en el hospital.
También era distinto el tiempo cuando de adolescente no podía llevar adelante aquello que tenía previsto, normalmente era relativo a chicas a haber quedado un fin de semana con alguien que me interesaba y no poder acudir, me parecía como que se acababa el mundo, ahora lo reconozco, me ha ocurrido recientemente cuando he peleado con mis hijos y me doy cuenta de que no quieren saber nada de mi que no me cogen el teléfono, hay momentos en que he deseado forzar el hablar con ellos porque parece que ya nunca nos vayamos a volver a hablar. Parece que se acaba el mundo. El tiempo.
Las palabras que hay que incluir, alguna de ellas, no necesariamente todas son Rayuela, que es el nombre de una novela de Julio Cortázar que no he leído, Sirena que es parte del titulo de una novela de José LUIS Sampedro, La Vieja Sirena, que si leí  hace ya algunos años, Macondo en honor a Gabriel García Márquez que ha fallecido este año y Las Trece Rosas, en honor a las trece mujeres que fueron fusiladas durante la guerra civil española por las tropas nacionalistas.

Se ha entretenido, ha buscado en internet Rayuela, como no la ha leído quiere saber algo de la novela, se publico en 1963, su autor, tenia 50 años y, eso lo recuerda de cuando ha tenido el libro entre las manos, en el prologo se proponía una lectura con orden distinto al del que aparecían los capítulos en el libro, en eso recuerda Octubre, Octubre de José Luis Sampedro, que aunque creo que no es que se pudieran alterar los capítulos para su lectura si que ocurría que había varias novelas o historias intercaladas, y cuando acababas un capitulo no sabías si ibas a pasar a otra historia o continuaba la que estabas leyendo.

Es tarde de domingo, estoy en el estudio de mi casa en Valencia, frente a mi en un mueble para guardar papeles que hay  junto a la ventana hay una máquina de escribir Olivetti, es pequeña y tiene muchos años, tal vez tantos como yo, ya que mi padre me la regalo cuando yo tenia diez años y era de segunda mano, con la máquina y un manual para aprender mecanografía aprendí yo solo en casa durante un verano, repetía y repetía las letras, con cada dedo como corresponde, al final ya me sabia como es el teclado de memoria. Ahora aquel verano dedicado a la mecanografía y no recuerdo que me disgustase tener que aprender, todo lo contrario, como mucho, la excesiva exigencia de mi padre y la poca...

 mayo 2014

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