Yo no las veo, era el grito desesperado de aquel joven que cada tarde desde que escucho a sus mayores decir que aquello que queremos lo podemos conseguir con solo desearlo, cada tarde se acercaba a la playa, con su bici, pasaba la tarde hasta el anochecer junto al mar, había tomado el baño cuando era final de verano, en invierno se tuvo que resguardar, pero no había dejado de ir ninguna tarde, durante la semana y el sábado y domingo.
Sus estudios iban muy desordenados, con
muchos altibajos, no es que en ocasiones estudiara y en otras no, no, lo que
ocurría es que había asignaturas en que su nota era muy alta, su dedicación
casi continua y otras asignaturas a las que casi ni iba a clase menos aun las
preparaba. Su comentario habitual es que el profesor no tenia ni idea, que no
tenia sentido el programa o la misma asignatura y que le requería un esfuerzo
que consideraba innecesario. Así pues, sus estudios universitarios ya iban
siendo largos.
La bicicleta tenia ya algunos años pero
era buena, con un buen cambio y suspensiones, él sabía que su padre la había
utilizado a lo largo de los últimos quince años, pero también sabia que el uso
había sido poco frecuente, irregular y normalmente por espacios que no
requerían un excesivo esfuerzo, su padre ya era mayor y la bicicleta la tuvo
como elemento de paseo y de un poco de
ejercicio ,casi su único ejercicio. También tenia una estática en casa, decía
que así podía entrenar los días que tuviera poco tiempo o en invierno en que el
día es corto. Siempre había trabajado mucho, él decía que le gustaba su trabajo
y que su responsabilidad era cumplir unos objetivos con los recursos que le
daba la empresa, los objetivos también los marcaba la empresa. Realmente creo
que le gustaba su trabajo, cuando era pequeño lo recuerdo llegando siempre
tarde a casa y los domingos por la tarde se encerraba en su despacho en casa
para preparar la semana, recuerdo que se hacia la hora de cenar y mi madre le
llamaba para que dejara ya las tareas y viniese a la mesa. Los otros días como
llegaba tarde del trabajo era él el que preparaba la cena para nosotros, a
veces bocadillos, otras un poco de verdura, mi madre cocinaba poco, solo de
cuando en cuando los fines de semana en el chalet sobretodo. Ella también
trabajaba.
Ha visto de casualidad la convocatoria de
un concurso de relato breve, las bases son muy claras y hay tiempo para
presentar el trabajo, no ha de ser muy extenso y ha de contener una de las
palabras que menciona la convocatoria, hay varias y son en honor de unos
autores muy conocidos y con prestigio mundial.
Le ha gustado la propuesta, el premio no
es gran cosa, pero eso le da animo a presentarse, piensa que los grandes no se
molestaran. Pero que acaso él no es grande. Acaso no es escritor, lleva más de
treinta años escribiendo, si, cierto no ha publicado nada, pero ha escrito
mucho, ha hecho casi oficio de escribir sin que le sirva para comer. O tal vez
si que le ha servido para comer, al fin y al cabo ha redactado muchos informes,
ha escrito cartas a mujeres de las que se sentía enamorado, ha redactado la
presentación de algunos oradores o escritores, también ha chateado con el animo
de conquistar a una mujer y ha escrito correos a mujeres, o tal vez hombres,
desconocidos. En alguna ocasión, cuando la correspondencia resultaba muy
sugerente, divertida y fluida ha llegado a conocer a la otra persona, mujer
siempre y se ha roto el encanto que existía mediante el mail y el anonimato.
En ocasiones ha pensado que si hubiera
dedicado todo el esfuerzo que ha dedicado a su trabajo seguro que podría haber
sido un escritor de buenas obras literarias o ensayo, claro que para eso tenia
que haber creído en el mismo, o incluso ahora creer en que puede hacerlo.
Siempre parece que el tiempo para hacer las cosas ya ha pasado, así era cuando
se planteaba el estudiar una carrera o no, cuando ya era padre de dos hijos y
su trabajo le exigía mucha dedicación, los estudios podían servir para crecer
profesionalmente, parecía que cinco años era una eternidad para hacer ese
esfuerzo, luego cuando ya habían pasado parecían mucho menos. Incluso cuando ya
habían pasado diez años, parecía poco tiempo. El tiempo es relativo, en una
ocasión escribió sobre ello, no es lo mismo cinco minutos de quien espera que
cinco minutos de quien llega tarde y no dejan de ser trescientos segundos, una
amiga había escrito también al respecto al tener un accidente de coche y pasar
unos días en el hospital.
También era distinto el tiempo cuando de
adolescente no podía llevar adelante aquello que tenía previsto, normalmente
era relativo a chicas a haber quedado un fin de semana con alguien que me
interesaba y no poder acudir, me parecía como que se acababa el mundo, ahora lo
reconozco, me ha ocurrido recientemente cuando he peleado con mis hijos y me
doy cuenta de que no quieren saber nada de mi que no me cogen el teléfono, hay
momentos en que he deseado forzar el hablar con ellos porque parece que ya
nunca nos vayamos a volver a hablar. Parece que se acaba el mundo. El tiempo.
Las palabras que hay que incluir, alguna
de ellas, no necesariamente todas son Rayuela, que es el nombre de una novela
de Julio Cortázar que no he leído, Sirena que es parte del titulo de una novela
de José LUIS Sampedro, La Vieja Sirena, que si leí hace ya algunos años, Macondo en honor a
Gabriel García Márquez que ha fallecido este año y Las Trece Rosas, en honor a
las trece mujeres que fueron fusiladas durante la guerra civil española por las
tropas nacionalistas.
Se ha entretenido, ha buscado en internet
Rayuela, como no la ha leído quiere saber algo de la novela, se publico en
1963, su autor, tenia 50 años y, eso lo recuerda de cuando ha tenido el libro
entre las manos, en el prologo se proponía una lectura con orden distinto al
del que aparecían los capítulos en el libro, en eso recuerda Octubre, Octubre
de José Luis Sampedro, que aunque creo que no es que se pudieran alterar los
capítulos para su lectura si que ocurría que había varias novelas o historias
intercaladas, y cuando acababas un capitulo no sabías si ibas a pasar a otra
historia o continuaba la que estabas leyendo.
Es tarde de domingo, estoy en el estudio
de mi casa en Valencia, frente a mi en un mueble para guardar papeles que
hay junto a la ventana hay una máquina
de escribir Olivetti, es pequeña y tiene muchos años, tal vez tantos como yo,
ya que mi padre me la regalo cuando yo tenia diez años y era de segunda mano,
con la máquina y un manual para aprender mecanografía aprendí yo solo en casa
durante un verano, repetía y repetía las letras, con cada dedo como
corresponde, al final ya me sabia como es el teclado de memoria. Ahora aquel
verano dedicado a la mecanografía y no recuerdo que me disgustase tener que
aprender, todo lo contrario, como mucho, la excesiva exigencia de mi padre y la
poca...
mayo 2014
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